domingo, 26 de octubre de 2008

malditos animales

Al final,
poco más que cucarachas quedan
tras la bomba atómica de tus besos.
Explosiones,
capaces de matarme mil veces,
si no me estallan en la boca.

Por eso odio estos bichos, como las hormigas
capaces de sostener diez veces su peso,
como sostiene la memoria al rastro del olvido
cuando sólo queda olor
a decadencia barata
y olvidarte sale caro,
porque no hay billete que arda en la llama de tu ausencia,
ni empapado
en el dulce ron de tus recuerdos.

Ander.

miércoles, 15 de octubre de 2008

wOrKiNg On...

A little place in things i'm working on. Taking it easy...

Algo de volátil en los cirros le recordaba su sonrisa. Se pasaba horas mirando al cielo tardes como aquella, oliendo el viento sin rumbo cargado de fragancias otoñales capaz de modificar la silueta almidonada de las nubes o el leve curso de su vida, una vida nómada de emociones, de recuerdos, de amores olvidados que aparecían con caras puestas en el tenue gris, telón de aquel sol en decadencia. [...]

Los estratos, sin saber muy bien porqué, le traían los recuerdos de añorados viajes de su juventud, de los amaneceres acá y los crepúsculos allá, o más allá que importaba en aquel mundo que entonces, le parecía tan pequeño. No sería capaz de explicar que ha cambiado desde entonces, quizás el trabajo, la familia que nunca tuvo, o simplemente la dureza de una vida que sumaba pérdidas a cuentagotas. No contaba con las nuevas almas porque nunca las tuvo, nunca supo lo que era ser padre, ni tan siquiera tío o algo parecido que fuese una figura capaz de ofrecer cariño a alguien. Se había convertido ya en un organismo unicelular que reptaba por la vida y que algún día terminaría por convertirse en un trilobite más, ni siquiera una pieza de museo, simplemente uno más de los que se amontonan en las cajas de los bajos del British museum. La vida por tanto para él sólo significaba derrotas, era la prueba irrefutable de la teoría de la evolución de Darwin, sólo los más fuertes sobrevivirían, y él desde luego, no era uno de ellos. Pero sin embargo, seguía en pie. [...]

La primera vez que intentó tocarla, vio como su mano se desvanecía al contacto con su piel. Había recorrido cada centímetro de su cuerpo, acariciado sus labios, probado su lengua, pero todo se repetía en cuanto ella se quitaba la camiseta y le miraba. El mismo diablo sentía entonces envidia de ellos, les quitaba el control de sí mismos, se apoderaba de sus almas y les hacía los mejores amantes. El parecía un Montesco, soltando sutiles versos, ella se movía como las manos del gran Novecento, acariciando el piano en medio del Atlántico, y la luz de la ciudad les veía besarse con el olor a fósforo diluido tras el humo de un cigarro, difuminado entre los acordes de Django Reinhardt, o una breve excursión por la rue de la Huchette, junto al boulevard de St.Germain, para ver teatro desde la cama. O simplemente, terminar contando una y otra vez los dedos de sus pies.

Pedacito de "Eighteen hundred and froze to death".

martes, 7 de octubre de 2008

Ninfómanos insconstantes.

Te creo, aunque tal vez casi nada de esta historia ocurrió. Sólo sé que tuvo lugar en mi memoria y que eso, la hace cada día más real. Seguimos venciendo al olvido, degustando las telarañas del pasado que cada día envuelven recuerdos más y más apetitosos, a los que no es necesario adormilar con sustancias venenosas, pues ya es en si el olvido cianuro potente, para deshacerse del presente.
Según la física cuántica se puede abolir el pasado o, peor todavía,cambiarlo. No me interesa eliminar y mucho menos cambiar mi pasado. Lo que necesito es una máquina del tiempo para vivirlo de nuevo. Esa máquina es la memoria. Gracias a ella puedo volver a vivir ese tiempo infeliz, feliz a veces. Pero, para suerte o desgracia, sólo puedo vivirlo en una sola dimensión, la del recuerdo. El intangible conocimiento (todo lo que yo sé de ella) puede cambiar algo tan concreto como el pasado en que ella vivió. Una canción contemporánea parece decirlo mejor que yo: «Cuando el inmóvil objeto que soy / encuentra esa fuerza irresistible que es ella». Los fotones pueden negar el pasado, pero siempre se proyectan sobre una pantalla –en este caso este libro. La única virtud que tiene mi historia es que de veras ocurrió. [...]

La vida es un prêt-à-porter si prêt es una abreviatura de pretérito. El Lector puede, si quiere, creer que nada ocurrió o que esta historia del periodista pobre y su hallazgo nunca tuvo lugar –excepto, claro, en mi memoria.

G.Cabrera Infante.

lunes, 11 de agosto de 2008

Entre meandros, Somosierra y Guadarrama.

Era un día donde el calor se pegaba hasta a los ojos. La ola sahariana estaba golpeando las murallas centenarias, achicharrando las hierbas crecidas entre las rocas, sontenidas en vertical, asidas por el paso del tiempo, olvidadas, en la cara externa del muro que un día protegió sarracenos, cuando entonces era Beg-Tareko.

Los meandros enrroscaban la fortaleza como lo hacían en tiempos de D.Iñigo López de Mendoza, Marqués de Santillana, como lo hacían cuando llegaban las crecidas del río y el pueblo sólo contaba, lentamente, ciento treinta y tres vecinos y treinta y dos viudas. Resistió entonces, como lo hizo después al incendio del ejército francés batido ya en retirada de Bailén, o a los bombardeos de la Guerra Civil que diezmaron los muros de la casa-hospital, pero no pudieron con la muralla, ni con el silencio aún imperturbado, por la masa madrileña.
El viento ígneo ondeaba una vieja cortina ennegrecida, y se colaba entre los cristales rotos, seguramente apedreados, por el leve fluir del tiempo, por el rápido venir del olvido. Por entre las hojas juguetonas de un pino encorvado se filtraba entremezclado con la tarde, un tenue silbido afinado, camino de un hueco amarillo, vacío de una letra caída, con una silueta en gris polvo, que un día escribió mañanas de vino después de misa, tardes de boda, y noches de fiesta, allá en junio, cuando los quintos se hacían los dueños del pueblo, para deleite de los mozos, para bailar con Almudena, con Maria Almudena como decía Don Antonio, el párroco, para meterle mano si se dejaba y para vivir con ella en el pueblo, para siempre, si me dejaba. Antés no había que ir a Madrid a ganarse la vida.


Claro que tampoco esta bien vivir toda tu vida rodeado de muros, aunque sinceramente me pregunto que son los pasaportes, que significan sus sellos multicolores que pueblan mis páginas y mis sueños desde hace varios años. Esos, que indican el paso por fronteras que casi nunca existen, que son pura política, que son lineas en un mapa, que es el valle este de acá, que es este río, que es esa acera de enfrente, que es este punto indeterminado. Alguien dice que aquí donde antes crecía el romero es ahora parte de la frontera entre tu y yo, y nos separa, a ti y a mi que todas las tardes corríamos a casa juntos tras el balón que no lográbamos apañar a tu hermano, cada día, al salir de la escuela. ¿No son esos muros invisibles los que quedán aún en pie casi diecinueve años después de la caida del Berliner Mauer? ¿Qué hemos aprendido pues? La política es el opio del pueblo. Otro opio del pueblo, más bien.

En la iglesia, el mismo Jesucristo de siempre, con la misma cara de tristeza, clavado a la misma cruz, me hizo suponer que nada ha cambiado.

martes, 29 de julio de 2008

La aburrida espera de un gondolero.

Ulises nunca quiso llegar a Ítaca. Era aburrida, como la insoportable espera en pleno desierto de los Tártaros, como la espera de un gondolero impaciente sin enganchar el remo a la forcola, sin la llegada de un nuevo juego de letras, desordenadas a la vista y marcadas en un mapa con boligráfo, sobre el salpicadero de un coche sumergido en pleno atasco esperando nuevamente, llegar al lugar donde regreso algún día impar. Tiene nombre de cuento, Ningunaparte.
Lo jodido no es volver, lo dificil es no saber cuando volveras a irte, es mirar atrás y ver ya, los latigazos sangrantes de los recuerdos de los atardeceres buscando la península desde fuera, de los paseos entre muros iluminados en Dubrovnik dónde las farolas de las estrechas callejuelas se balancéan al antojo del viento sureste entrante desde Korkula, opuesto al temido Bora, viajero como su Marco Polo, viajero, distinto en cada rosa, distinto en cada tierra. Cuando volverán los acordes de aquella guitarra, zigzagueantes, entre los soportales penetrados por los ritmos de una balcánica voz desgarrada, de una melancólica canción croata, en un acústico improvisado, para un público selecto y boquiabierto. Tres personas golpeadas por la brisa, que penetra sonora por la costa de Split, y golpea en el paseo, contra las viejas paredes del Palacio de Diocleciano, construido allá por el siglo III d.C.

Pero era de cuento aquél atardecer en Zadar, dónde todo olía a ozono y los músicos corrían de la lluvia de risas envueltas en cerveza, sentados bajo un toldo impermeable a los temas de trabajo y demás frivolidades, que sólo dejó caer la noche y salir el sol para mandar a los camareros a casa antes de salir, después del jefe, del último bar viviente a primera hora del día en la costa de Dalmacia con la nublosa silueta de las islas que envuelven toda la costa más allá de Vodice y de Trogir.
Lo jodido es reir en Mostar y no, decir que te robarón en en el metro de Madrid, o que qué caro es París, lo jodido es no ver parques con niños y columpios y verlos a todos ellos sustituidos por tumbas que rezán, esculpidas a balazos, los dígitos de aquel año maldito. Oigo los balazos en mi cabeza y veo sus ojos, en cuanto cierro los míos.
No todo es tan reluciente por allí como el agua turquesa de Plitvice, dónde los árboles se posán en el fondo con la sutileza de un Tango de Ástor Piazzola, caídos por la erosión de la piedra calcarea provocada por la fuerza de cascadas por dónde fluye el agua tan rápida como los minutos de cualquier hora de cualquier día de la vida. Bosnia no es Croacia, la gente es más fría y la ciudad se viste de negro cuando la plegaria entonada por un moetzín desde el minarete más cercano al puente, resuena puntual para el cuarto rezo, silbando entre los hierros oxidados de un canalón agujereado algún día, por un calibre 5,56 mm que una rata loca inconsciente e inmunda, disparó contra la esquina oeste del puente, matando a Ibrahim, que regresaba corriendo, asustado por el ruido de los disparos a la altura de su casa. Aquél día seguramente, aniquilaron por completo también a su familia. - Don't Forget -, dice ahora allí un cartel, unas letras negras, justo detrás del famélico gato blanco, en el momento en el que disparo mi foto contra el animal asentado sobre sus cuatro extremidades, siempre alerta, cabeza arriba, oteante, silencioso, escudriñando la triste atmósfera de un día grís en el corazón de los Balcanes, como tantos otros fueron.
Kusturica me vino en aquel momento, pero ahora el negro olía a viuda y a felinos desgarrados en una ciudad que llora ausencias a escondidas, entre viajeros sobrecogidos en busca de esa verdad, casi siempre distorsionada por los kilómetros, llamados medios, de esa prueba que la vista siente como se siente una caricia en la espalda, escalofriante, como se siente en la piel la lluvia tormentosa de una tarde veraniega.


Aún nos quedaban los últimos coletazos del viaje, lo que podría ser seguir los pasos de Joyce, sin saberlo. Es decir, atardecer ensimismado mirando al mar entre los arcos agrietados de un anfiteatro lindante a la costa, al sur de Istria, en una pequeña ciudad llamada Pula, donde James fue profesor de inglés algún tiempo, dividido siempre con Trieste, nuestro último destino, al otro lado de la frontera eslocaca, ya en tierra Italiana, dónde todos los barcos atracan, dónde se bebe café bañado en alcohol, en mondas de naranja con clavo incrustado, caliente, y en vaso de champagne abierto, al fondo del golfo, en la ciudad de las mil caras.



La vuelta me mira desde ayer, con ojos tristes y lágrimas de impotencia, la vuelta mira sin ojos y es cruel a veces, siempre, la vuelta sabe a último cigarro, a última canción y a último beso, la vuelta es pirata y oculta tras un parche su reflejo en el retrovisor de un Fiat que parte en dirección opuesta o en el espejo de una tienda del aeropuerto, a la espera de un vuelo que sale con retraso, tarde, mal y nunca.

Ulises nunca debió llegar a Ítaca.

domingo, 13 de julio de 2008

PHE08 Y CÁMARA ABIERTA 2.0: EL LUGAR DEL INTERNAUTA

http://www.flickr.com/photos/22596508@N04/2175035429/sizes/l/in/set-72157603657356720/

Siempre hay algo tras las flores. Hoy he salido de jardín en jardín en jardín en Madrid para ir robando un pedazo de tí por cada esquina. No robo pétalos marchitados, no quiero puas que no pinchen, no quiero rosas, pero tú siempre, apareces tras de una pensativa y sin mirarme, envuelta en esa fragancia, mitad verano, mitad tú.

domingo, 29 de junio de 2008

De Benjamín a Primera.

Primero erán bolas de hilos, latas de coca-cola, piedras, papeles, pelotas de tenis, chaquetas de chandal, patios, horas de recreo, actividades extraescolares, finales, derrotas, amigos, viajes, autobuses, maletas, alguna victoria, algún gol y todo, remontadas, penaltis, faltas que no eran, arbitrajes de recuerdo, ascensos de película, veranos memorables de baños en las duchas, de cenas de equipo, y borracheras de campeonato. Celebraciones interiores, y alegrías exteriores, baños de multitudes, y baños en fuentes, se puede ganar, se puede perder, pero hay que ilusionar, y eso ya lo habeis hecho. Me acuerdo ahora de todos aquellos que vibraron conmigo jugando o viendo un partido de fútbol, la remontada a Yugoslavia o el día que perdimo 8-7 el veranote después de ir ganando 4-0 al descanso, esas cosas que se dicen en el vestuario, esas cosas que pasan en el campo, o esas birras que se brindan con amigos y se beben en los bares, por ellos. Y un día juegas bien, y metes un gol, y te apetece dedicárselo a un recuerdo, y ojala, que hoy sea la noche de los recuerdos, hoy podemos marcar todos, porque hoy jugamos todos, hoy es el día dónde puedes hacer el tiro del águila y meterle un gol a Benji, o simplemente levantar el cuello de la camiseta, mirar al portero, y gritar aquel Au Revoir con voz de demonio alado, antes de chutar y atravesarlo. Yo ya se a quien voy a dedicar mi gol.