jueves, 17 de marzo de 2011

Reflexiones . 3. Agujas de palanca


Sólo había ido a sacar unas fotografías, buscaba el contraluz de una báscula de metal oxidado encuadrada entre los cristales rotos por la soledad definitiva. Salté por la ventana y dentro de la caseta, tristemente custodiado por la inmundicia del olvido y las cenizas de la decadencia, topé con dos vetustas agujas de palanca. Vías cinco y once. Lado Palazuelo. Lado Astorga. Vapor sosegado, silbidos adormilados, despedidas disfrazadas. Perenne encanto de la derrota; no hay ya tren que esperar, pero subo a otro vagón, el del tiempo.

martes, 8 de febrero de 2011

Reflexiones . 2 . La linealidad del tiempo.

Corporales. Algun instante entre los febreros del 1951 y 2011.

La gente que cree que los rencores de la guerra civil se han enterrado junto a quienes todos sabemos, está equivocada. Hay quienes tratan de hablar de ello como un tiempo muy lejano, cuando eran niños y corrían tras un balón de fútbol, pero pronto recuerdan también huir del silbido de las balas contra el viento, hacia las casas. Los oriundos saben los nombres de los cuatro, los bandoleros, dicen algunos, pero al llegar al último todos se sumergen en silencios y ninguno se atreve a mentar su nombre.
No había sombras aquella mañana, la luz del sol reflejada en las calles repletas de nieve helada, las engullía lentamente. El deshielo goteaba llanto por los negros techos de pizarra, los perros corrían en busca de cariño y los gatos agazapados observaban silenciosos, como lo hicieron todos hace años en La Cabrera, el fin del mundo. Arricivita en su despacho, el sargento Ferreras pateando monte y él controlando todo lo que se moviera de Puente Domingo Flórez al valle del Eria. De la lejanía llegaba el susurro de una gaita solitaria mientras en algún pueblo de la campiña las campanas doblaban a muerto.
Las cuadras atrancadas con pequeños trozos de madera apolillada, el relincho de las balas al otro lado, a este, edor a polvora usada, aullidos de lamento, nostalgia de colegio, puertas que es mejor no abrir esos días en que la juventud viene en busca de una mente anciana que reposa como una lagartija despanzurrada inerte bajo el sol, sobre el asfalto de la cruda vejez, reflexionando sobre la muy muy insoportable levedad del ser. Antes ocurrían al menos cosas, ahora cosas es lo que menos ocurre en estos valles olvidados al solitario sol del mediodia donde la nada se apodera de los pastos y por los ríos fluye el tiempo que se escapa entre los dedos, imparable, firme hasta encondese entre los montes en cuyas laderas se ve aún hoy cabalgar, desbocado, un caballo negro, sin brida ni montura, el belfo baboso y los ojos desorbitados. En realidad es el alma del guerrillero abatido en busca de un destino más allá de las cosas de este mundo.
El cuartel de invierno, por así llamarlo, estaba en Castrohinojo, a unos tres kilómetros de Quintanilla de Losada, pero con una subida de agárrate. Desde el final del único acceso al pueblo se divisaban kilómetros a la redonda y se podía detectar una patrulla de la guardia civil a más de lo necesario para aprovisionarse y salir por patas hacia el monte. Toda una fortaleza natural. No importaba ser traicionado porque era imposible ser sorprendido, pero además Castrohinojo era el sitio donde él decía sentirse en casa, arropado, seguro.
Por el tejado de aquella casa, antes de un solo piso, fue por donde rodó al que matarón. Quedo en el medio de la plaza y ahí estuvo una eternidad porque nadie se atrevía a recogerlo. De todos era sabida la puntería del León de Salas, del que se decía por los pueblos que era capaz de darle dos veces a una moneda antes de que cayese al suelo. La sombra de una capa al fondo, en la puerta de enfrente de la casa blanca, un segundo un disparo una silueta chillando desde los escalones de piedra. Allí fue donde hirieron al otro, aquel sí, seguro, sólo pudo ser Girón.
Las arrugas en los rostros eran el resultado de la eterna sospecha, de la perenne desconfianza, del perpetuo miedo a los unos, a los otros, o a caer abatido en medio, o peor aún, terminar como lo hicieron muchos, convertidos en el eco seco de una descarga al otro lado del valle, junto al río, cerca, dónde sólo cinco minutos después ya merodearían los buitres, antes de que el perro llegase a proteger al amo, antes siquiera de poder abrir los ojos y despertar del sueño.
El musgo en las umbrías revelaba la dureza de los inviernos, verde oscuro casi gris, como la ínfima esperanza de librar el cerco, de tener balas y huevos suficientes, de resistir al menos a la noche para intentar huir al monte, verde oscuro casí gris, como el pavor a no volver a verla, a no poder despedirse y malvivir los últimos instantes maldiciendo su existencia. Alimentada la ira con el deseo de unos labios, la mano deja de temblar, el pulso se suaviza, y la Sten no yerra un blanco. La volverá a ver. Una vez más.


domingo, 12 de diciembre de 2010

Reflexiones . 1 . El instante y la circunstancia


Hay instantes que cambian una vida, y K acababa de asistir a uno de ellos aunque no fuese consciente de ello. Los titulares se empapan de noticias de asesinatos, accidentes de tráfico, infortunios causados por la mano del hombre o por la aún más poderosa de la naturaleza, incendios entre los que arden vidas y otras muchas circunstancias negativas. Entremezcladas podemos encontrar también sus antítesis, nacimientos in extremis, niños que sobreviven horas en contenedores, reencuentros, supervivientes y también por supuesto, los felices ganadores de macropremios de lotería. Es asombroso como unos segundos, como una decisión improvisada de última hora o simplemente, como el destino juega a su antojo con las vidas. Siempre le había parecido abismal la diferencia de sentimientos que se entrecruzan en los ascensores de los hospitales, el joven que sube a maternidad al tiempo que alguien pulsa el botón de la planta de enfermos terminales. El mismo lugar, el mismo instante, y tan diferentes sensaciones encontradas en un puñado de metros cuadrados. Dicen que el hombre es un laberinto de sí mismo, lo es sin duda, pero también tenía razón Ortega y Gasset cuando dijo aquello de yo soy yo y mi circunstancia. Y que tan diferentes eran las circunstancias de aquellas dos personas del hospital, pensaba K.

jueves, 25 de noviembre de 2010

miércoles, 6 de enero de 2010

Creo que no volvería a matar a nadie.
Aquella vez lo hice porque me lo pidieron
pero ahora ya no podría hacerlo ni por venganza.
Lo hice una vez, sí,
y ahora eso me condena a escribir en la sombra,
a esquivar la fama bajo un pseudónimo
y vivir condenado a alimentar la leyenda
sospechando en cada esquina.

miércoles, 28 de octubre de 2009

Amanecía borracho, jugando frente al mar a contar los segundos que el viento tardaba en consumir los cigarros del recuerdo. Miraba al frente, a África dónde se imaginaba en una vida más tranquila, quizás más pendiente de ayudar a un amigo a terminar el tejado de ramas secas de su casa que de realizar aquel estudio microsocial que de poco iba a servir al mundo en general y a él en particular - Influencia en el municipio de Abona de la diferencia horaria respecto a la península -. El temita se las traía en cuanto a lo absurdo e inútil del título así como en la irrelevancia de semejante estudio, pero lo que realmente le frustraba era el relleno de hojas que necesitaría para justificar un - Ninguna -, obvio desde el principio. Aunque en realidad no era eso lo que más le inquietaba cuando llegaba el alba y el mar se volvía magenta, violeta, burdeos, celeste y el cielo daba vida a los primeros rastros de aviones sin destino capaces de romper la monotoneidad de cualquier sólida mañana despejada. Se apoderaba de la sutil levedad de las nubes y absorbía su deseo de moverse, de no estar quieto, de no tener destino, cambiar de dirección y volver, o correr y alejarse para siempre llorando o arrasando todo a su paso, pero alejarse al fin y al cabo, fundido con los vientos para seguir vivo o al menos, morir lejos. Eso le aterraba, morir lejos y solo después de haber recorrido el mundo de norte a sur, no para buscar a alguien, sino para olvidarlo, para olvidarla. El miedo a morir vencido por el proyecto de una vida que ya no dejaba tiempo para enderezarse. Quemaba el sol con el fuego del mechero mientras con un ojo cerrado y otro abierto, prendía unos cinco minutos más de combustión existencial. El gas se perdía ardiendo los deseos y sentía como la brisa traía el olor a nada que tiene la mañana, lejos del perfume de la noche, profundamente contaminado por los sucesos del día. Al final pasaba muchos domingos madrugando, levantándose a las seis a beber un whisky doble e ir a sentarse a la playa a fumarse unos poemas y esnifar unas canciones. Era una vida sana, al menos culturalmente hablando.

jueves, 3 de septiembre de 2009

Bienvenido al reino de los cielos...

...donde te despiertan con un beso y el desayuno llega a la cama, acompañado por un periódico calentito y una mañana de desidia. Bienvenido acá, donde la gente te ayuda con las bolsas de la compra y los gritos no existen; sólo susurros al oído, leves voces que te dicen que existes. Nadie se retrasa o todos llegan al mismo tiempo tarde, que más da, no importa, nada importa en el reino de los cielos donde gobierna la calma y el sol se pone sólo cuando termina el día. No antes, como pasó ayer. Hay un sitio para aparcar el coche cerca de la oficina, el teléfono está sin cobertura, internet no funciona, y la mañana de trabajo pasa desapercibida por el doble arcoiris que se ve al fondo, donde llueve. Cerveza fría, ducha caliente, sopa templada. El sabado, viaje. El domingo, resaca. Entre medias, saber quien era de verdad Ernest Andrei Friedmann o leer a ese gran músico e ingeniero que escribió La espuma de los días. Bienvenido al reino donde no existen transformadores, convertidores estáticos de frecuencia ni paneles de control del generador. Bienvenido al cielo de los dominicanos, donde dos perros te reciben a la puerta babeando, y no San Pedro con sus llaves que seguro no son ni originales, pues Jesús no se fiaba de nadie y les daba a todos copias, que no siempre funcionaban. Bienvenido al cielo de verdad, dónde el presente gobierna y los recuerdos permanecen en la memoria como si todo hubiese ocurrido minutos atrás. Aquí, no existe el olvido. En el otro lado, allá donde yo estoy, acabo de recordar que el sábado es tu cumpleaños, tantas veces olvidado cuando vivía, y sin embargo ahora, desde el reino de las sombras, no hago más que pensar que no podemos seguir creciendo juntos porque uno de los dos ya no esta, y no consigo saber si eres tú o soy yo quien falta.