miércoles, 29 de julio de 2009

Just only music...

Me encantan las mañanas de verano en que el sol se despierta prolongando las sombras sobre las paredes, la habitación huele a cafe, no hace frío y entre las sábanas, arrugada, aparece ella disfrazada de una novela interminablemente deliciosa. Neverending story. El tiempo se detiene y uno se pregunta cuando volverán las nubes otra vez para destruirlo, con lo delicioso que se vuelve todo cuando eres tu quien puede hacer desaparecer, o aparecer, o dejar las cosas simplemente como estaban. Mermelada de fresa en el bote y zumo de naranja en el brick, o simplemente un vaso limpio dentro de un fregadero vacío. I'm a complete mess, really. La ducha decide no joderme la mañana con un cambio inesperado de la temperatura del agua (odio congelarme y/o escaldarme y/o viceversa), la sensación de una toalla seca, o el simple sonido del spray indicando que aún queda desodorante en el bote. I'm a complete mess, really. Supongo que no me gusta que las cosas se terminen sin poderme anticipar a su fin, unexpected, y también supongo que me gusta que empiecen sin tiempo para pensar que es lo que deseo que empiece. Suddenly. That's why i love start up the car and the radio is dancing alone, just in the same frequency than yesterday when i stopped it, after came back from die kraftwerk. Me sorprende a las siete de la mañana, camino de Plattling, con los primeros acordes de una Silbermond, de Jarvis, de Marley o del gran Dylan que levanta el día aunque la posición del limpiaparabrisas marque el tres. La música se folla las mentes, que diría el otro Dante, las seduce, cambia el ánimo, es como una corriente de electrones cruzando de oreja a oreja o un desfibrilador natural que acelera el ritmo cardiaco, o lo pausa jugando a su antojo con las pulsaciones, 130, you my, 140, brown eye girl, 150...remember when, we used to sing, Sha la la la la la la la la la la te da. Por eso yo follo con música... si me dejan.

miércoles, 8 de julio de 2009

La mañana del siete Ian debía haber pilotado el Martin B-26 Marauder según se había planificado. Pero no había siete hombres disponibles porque lo realmente importante de la misión era disponer de cuantos B-17 como fuera posible para atacar directamente a las fábricas de Schweinfurt y Regensburg. Por ello se mando armar hasta los topes el Douglas A-20 Havoc, en el que llevaría sólo dos compañeros. Ese cambio era algo que Ián no conocía, aunque de haberlo sabido tampoco le hubiese importado porque era consciente de que con ninguno de los dos podría hacer algo contra una inesperada visita de los potentes cazas Me 262A-1 de la Luftwaffe. Impulsados por potentes Jumo y armados con cañones Rheinmettall de 30mm, capaces de coger 855km/h, podían enfrentarse a cualquier tipo de avión del arsenal aliado de la época. Precisamente ( y esto lo intuía Ian ), el objetivo de la Juggler era una de sus fábricas, lo que hacía determinante el factor sorpresa. De lo que no tenía la menor idea es, que aquel sería el único caza de la operación, que saldría al frente, y que su objetivo era definitivamente muy opuesto al que pensaba. [...]

Nunca había estado de acuerdo con todas aquellas formas de agrupar a las personas por un lazo en común, sin tener en cuenta los miles de ellos que las diferenciaban. Sin embargo ellos, el mundo, pensaba (y valga por esta vez la generalización), se empeñaban en empaquetar personas como galletas, en cajas con distintos sabores, formas e ingredientes, sin darse cuenta que la gente no es en sí un trozo de trigo, glucosa y chocolate que permanece inmóvil hasta que alguien la engulle y desaparece. Los seres son mentes más que cuerpos, se mueven sin necesidad de desplazarse, cambian de sabor y de costumbres, a veces vencen la rutina y son capaces de experimentar entre ellos ciertos rasgos de una simbiosis que termina en amor. Nunca se da al contrario, el amor no es suficiente para unir a dos personas. Las mentes escupen sobre los grupos. Las mentes son, como le había leído a Gidè, individualistas. Por eso él huía de todos esos generalismos y no veía relación sustancial entre individuos de la misma raza, de la misma religión o del mismo colectivo, no creía en la fuerza de la unión de una Brigada o una División para vencer, porque realmente no creía en la existencia de un ejercito contrario al que vencer, al que disparar sin saber muy bien porqué. Por eso trataba de entender a cada persona como la única muestra de sí mismo, como un ser irrepetible, como su propio yo. Valoraba por encima de cada nación a sus ciudadanos, y seguía dando vueltas en la cama pensando que hacía allí una persona que no creía en la palabra “País”, y que odiaba eso que a los políticos tanto les gustaba decir: - “Somos...” -, - “Nosotros...” -.

jueves, 11 de junio de 2009

Podría empezar también así

Cuando aquel hombre uniformado le describió bajo la lluvia el cometido de la misión, sólo pudo cerrar los ojos, tomar aire y ver pasar en un instante todo cuanto pudo recordar había ocurrido en su vida, porque sintió que aquello era de algún modo el final de ella y como si cayese al vacío arrojado desde el fin del mundo pero viendo siempre a este bajo sus pies esperándo para aniquilarlo, trató de amarrarse a los recuerdos pero se deslizó sobre ellos y continuó desplomándose sintiendo como el miedo le rozaba la piel y el desaliento ocupaba por completo el espacio que el aire dejaba libre en sus pulmones mientras él se desinflaba invadido por el silencio del terror y de la duda[...].

Desobedecer aquella orden, sabía que significaría su expulsión irrevocable del ejercito, ser tratado como un desertor y poner en tela de juicio su patriotismo, lo cual era en su país algo mucho peor que la muerte en combate, siempre llena de medallas y banderas, de flores y de himnos, de desconsoladas madres apoyando a otras que ahora habían dejado también de serlo. Guionistas de argutorio lanzando al aire sus consignas de “que pena, con lo joven que era” o “que injusto, siempre se van los mejores” o “pobre familia, no se si se recuperarán, tiene que pasar el tiempo”. “El tiempo”, Negra mentira oculta tras el duelo, cínico amparo que invade al desconsuelo...

El tiempo no cura, es sólo es una goma de borrar, la herramienta que el olvido usa para ocultar las marcas del pasado.

Obedecerla, trataba de convencerse, era condenarse a recordarla cada día. Obedecerla significaba formar parte de ella el resto de su vida.



lunes, 18 de mayo de 2009

Había logrado llegar a dedo al pueblo y aún le quedaban unos cuatro kilómetros de subida. La fina lluvia no molestaba, pero las gotas se iban acumulando en las gafas y deslizaban por su mejilla disfrazadas de lágrimas, buscando el suelo para perderse en el asfalto empapado. La campiña era pura primavera y doblar cada rampa era ofrecer a los ojos alfombras verdes infinitas, interrumpidas por filas desordenadas de troncos ocultos bajo tupidas matas de ramas colgantes, parterres divididos por hileras de rocas de una cantera cercana (ahora ya casi olvidada) y algunos tejados de pizarra. A mi espalda siempre, el Danubio.

La pared de piedra, asomaba al frente como la muralla de un castillo, fría e imponente, inquebrantable por el paso del tiempo y, absorviendo todos los rayos de luz, envuelta en un ligera oscuridad, como flotando sobre una de esas bajas nieblas londinenses. La entrada se veía, tal como la recordaba de aquella foto que le había llevado hasta allá, dos torres de roca a cada lado no muy altas, bastante anchas y cuadradas, unidas entre sí por una balconada. Formaba el conjunto una “H” con la puerta en el centro completamente blindada, sellada entre las dos torres, cada una de ellas con cristaleras en la parte superior cubriendo todo el contorno y permitiendo controlar lo que ocurría en cualquier dirección. Un tejadito metálico que de algún modo recordaban a una estructura oriental, las cerraba. Quizás no sólo el símbolo fue extraído de esta cultura.

El haber llegado temprano me permite verlo lejos de la avalancha de turistas morbosos, que van directos a la cámara de gas y los crematorios, tomán la foto, y se van. El silencio inunda los barracones a ambos lados del amplio pavimento central, y se pierde al final herido por cinco lineas de hierros herrumbrosos y afilados. Arrest-Gebäude, ciclón B y ladrillos de cerámica. El calor se pega al cuerpo como el plástico quemado a la piel. 1230, judío, 2435, homosexual, 4123 republicano. La verdad es siempre cruel aunque estés preparado para ella. Wilhelm Schulz, Poland, 1906-1941. Miguel Alcubierre, 4218, muerto en 24-3-1941 , de su hijo José, 4100. Muchos murieron defendiendo sus ideas, otros no pudieron tan siquiera defenderlas. A ambos.


Mauthausen (mayo 09)

martes, 12 de mayo de 2009

Sin ganas de escribir...

Tenía varias cosas preparadas para ir metiendo en el blog, entre ellas algo nuevo, una idea de entrega en pequeños capítulos en los que K tendrá mucho que decir, acompañadas de la ya tradicional fotografía. Quizás iba a empezar hoy, quizás no, no lo sabía. Pero ahora está claro que no, porque lo único que me apetece es sentarme en Bâle, Bassel, Basilea, o como quieran llamarlo, me da igual, y escuchar La chica de ayer, El sitio de mi recreo o cualquier otra cosa que me transporte a otro tiempo, no muy lejano, en que había muchísima más gente viva que ahora, o por lo menos otra gente más interesante que los quedamos. Siempre se van los mejores y eso me pone triste, porque lo que queda, lo que sobrevive, es una cuidada selección natural de los más adaptados, pero no por ello de los más fuertes. A mi me daba fuerza la depresiva melodía que empezaba... tananana na na na un día cualquiera no sabes que hora es, te acuestas a mi lado sin saber porqué, las calles mojadas te han visto crecer, y tú en tu corazón estás llorando otra vez... un abrazo para todos aquellos que han logrado que me asome a la ventana, es el único momento en que me gustan las esperas.
Grandísimo Antonio Vega, sé de otro que lo diría si estuviese acá.

martes, 31 de marzo de 2009

Tecnología del pasado.

Saqué la microSD y la enganché al USB para meterla en el PC. - Esto es música en mp3, abuelo -, trataba de explicarle mientras la tarjeta de memoria se escurría entre las uñas de sus dedos como se desliza la tristeza entre los labios de una despedida, como se hunde la vida en la balsa del tiempo mientras en la superficie nada pasa. A veces tengo la amarga sensación de que la insustancialidad de la tecnología traiciona el afecto de la vejez, separando generaciones, sesgando conversaciones. Yo recuerdo sentarme a escuchar. Recuerdo saber callar y aprender a diferenciar sin erigirme juez. Enmudecer de manera insconsciente con el ruido de una Mikado, leer la felicidad en tus ojos hablando de aquel balón de fútbol que la Falange, a quien nunca te arrimaste, te regaló. Ese mismo que golpeabas en la plaza de Astorga un día cualquiera de las vacaciones de verano. Bueno, no exactamente un día cualquiera, era un 17 de julio de 1936. Lo sé, porque tú me lo contaste y yo, callado, te supe escuchar. Aquel día una pareja de la Guardia Civil había subido por el Postigo con la Astra modelo 1921, nueve milímetros no del todo enfundados que invitaban a correr a casa despavorido. Aquel balón olvidado, robado, me mostró las sospechas y desconfianzas que un niño de entonces tenía y que no difieren de las que tiene uno de hoy.
Mi abuelo habla, como cualquier otro, de cosas mucho más interesantes que el mp3 y el USB, de cosas que todo el mundo comprende porque están muy por encima de las costumbres de una generación. Son quizás ideologías. La de la vida, el cariño, el trabajo, el esfuerzo. Habla del no matarás y del morir matando. Son quizás las ideologías que la república, el franquismo o la transición no han podido enseñar al pueblo, porque el pueblo ya las conocía. Por ello se han ocupado de enseñar estupideces y deformar acontecimientos, crear necesidades y continuar dividiendo en dos, un país del que salen muchos más. De sembrar la calle de heroes y villanos y clavarlos en las esquinas.
Yo, quiero una placa con el nombre de mi abuelo porque la venganza no se apoderó nunca de él, porque trabajó años para que su nieto pudiera reir cada día y porque lloró a escondidas para que otros se calmasen en su hombro. Porque aunque apenas camina, es el primero en empujar el coche que no arranca, pero sobretodo porque ha sabido ser el puente entre dos orillas que se alejan, y sin obligarme a saltar, me ayuda cada día a elegir el lado del que quiero formar parte. Pegado siempre al transistor y al parte, dudo que necesite de las cuatro mil canciones del mp3 de cuatro gigabytes que seguramente ni siquiera yo escucharé de seguido, nunca. Por eso siempre me acuerdo de los valores que me inculcaste y por eso, no descansaré hasta que entiendas qué es el mp3.

viernes, 20 de marzo de 2009

Una temporada en el infierno

No sé, si realmente la primavera me brindó la risa repugnante del idiota, desde acá no alcanzo a ver si las nubes van o vienen, si se mueven, o son siempre las mismas las que se enroscan a las chimeneas apagadas de la infancia. No tengo muy claro que el sol salga cada día y sin embargo todos se pone, lo sé. Es entonces, con las pupilas dilatadas y los párpados cerrados, cuando salgo en tu busca a algún lugar de la playa, no muy seguro de querer encontrarte.
La brisa se lleva el tiempo que gotea como un reloj de arena, lento, imperturbable, eterno, mientras el suave oleaje trae de nuevo, el mundo del recuerdo y la nostalgia en que me sumerjo con el único oxígeno de aquellos versos que un día me escribiste. Cangrejos, medusas, anémonas o tú, son algunos de los peligros de la playa. Ron, nicotina, o Dylan, algunos de los placebos.
En el horizonte, las luces de los barcos parpadean desacompasadamente con las de los aviones que descienden, se mezclan con el rítmico encendido del faro, y todas se diluyen en las farolas del puerto, a mi espalda, envolviendo la noche con un extraño manto de alegría, del que no me siento partícipe. La luz de la torre vuelve a mi cara y me ciega. Cuanto más trata uno de pasar desapercibido, más increibles son los sucesos que le devuelven al ducho mundo de la urbe. Y sin embargo paseo habitualmente envuelto en esa terrible impersonalidad que me embriaga y detesto por igual. La ciudad es una charca de lodo, un espacio de arenas movedizas que te arrastra hacia el fondo más rápido cuanto más te mueves. Por eso a veces es bueno quedarse quieto, mirar el oxidado hierro de las estructuras inconexas de los parques, es bueno parar, enchufar el mp3 y sentirse ciudadano de un mundo que muy probablamente no sepa que existes. De eso bien puede hablarte el desamparado que utiliza los cajeros como alcobas improvisadas cuando cae la noche; terrible ironía de un universo donde aquellos que roban durante el día acojen en la noche los pobres sueños de un mendigo que descansa apoyado sobre la dura pared en cuyo lado opuesto se amontonan, por doquier, blandos fajos de billetes de cincuenta. De eso bien puede hablarte aquel que vió las luces de la ciudad desde el mar, mientras por estribor se acercaban las patrulleras y a babor la gente saltaba decidida, a un futuro ciertamente incierto. De eso bien puede hablarte, aquel que manchó sus lágrimas con la sangre aún caliente de sus hijos, aquellos que tintarón para siempre su ego con el amargo color de la venganza. ¿Les has escuchado alguna vez? o son también para tí invisibles, como tú lo eres.
La bolsa baja, el paro sube, el petróleo se encarece y matar sale cada día más barato. No compraré jamás un arma, pero mi gobierno se enriquece a costa de su venta. Aquí nadie es racista, pero siguen pensando que le darán el trabajo a la chica del velo islámico, que le ha robado el negro africano, que el marroquí seguro tiene hachis o que yo, que soy el más listo, siempre tengo la razón.

He aquí, el mundo. Bienvenido a otra entrega más de una temporada en el infierno*.

*Obra de Arthur Rimbaud.

Ander.